Desde mi aurora, la vida me ofreció un precario comienzo. A punto estuve de sucumbir a la fragilidad de la existencia, pero mis padres decidieron consagrarme a la Virgen del Carmen, lo cual me brindó un resguardo celestial. De hecho, llevo años queriendo cumplir la promesa que hizo mi mamá de vestirme año y medio con el hábito de la virgen del Carmen, pero ella no cumplió porque cuando tuvo el hábito yo era una pequeñita y algunas personas (desconozco si conocidos o familia) la convenció que ese color no era para vestir a una niña pequeña. Y yo, pues no he podido por una u otra razón, y desde mediados de 2023, he querido cumplir, espero tener oportunidad de hacerlo.
En el segundo grado de primaria, el Colegio Díaz Escudero, en mi querido pueblo Buenavista de Cuéllar, se convirtió en el crisol donde mi alma encontró la fragancia de la vida religiosa. Una dulce inquietud, una cosquillita casi imperceptible que me susurraba la posibilidad de abrazar la vida monacal. De hecho, en esa época elegí unos zapatitos que, según mi mamá, imitaban el recato de las religiosas.
A los quince años, la pluma se convirtió en mi instrumento de devoción. Las vidas de San Judas Tadeo y Juana de Arco, entre otros santos, fueron objeto de mi ferviente investigación, plasmada con diligencia en el tintineo de la máquina de escribir. No faltaron las voces disonantes, las que, con cierta ligereza, me tildaban de «santurrona». Pero a los dieciséis, la Catedral de Cuernavaca se erigió como mi santuario personal. De hecho, los amigos que logré hacer en Cuernavaca, los citaba para las tareas en la catedral. Cuando no tenía que ver a nadie, aun así asistía ahí, pues entre el recogimiento de la misa y la serenidad del patio, y mi paz en la cual escuchaba con más claridad mis pensamientos, encontraba el tiempo y la inspiración para hacer dibujos, poemas, etc. Cuando no hacía eso, grababa el interior de las iglesias y/o capillas y tomaba fotografías.
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| Año: 2015 Iglesia San Antonio de Padua |
Pero todo eso, no fue solo en la adolescencia, puesto que desde la infancia, el rito de la salida escolar se completaba con una visita a los santos de la iglesia de San Antonio, momentos de oración que alimentaban mi paz interior. Por eso estoy segura de que la vocación monacal era un farol que iluminaba mi sendero. Sin embargo, mi mamita linda, con su perspicacia, observó en mi aversión a los fuegos artificiales un impedimento para la vida conventual. Además de que (hasta la fecha) me comentó que no me concebía como monja. Hoy, comprendo que mi Asperger, era parte de mi peculiar sensibilidad, a sonidos y otro cúmulo de cosas. Pese a ello, sé que habría enfrentado cualquier obstáculo con fervor, con tal de tomar los hábitos.
Amé, amo, y amaré la soledad, la paz, la naturaleza y la contemplación, y siempre que veía un convento o una iglesia, mi corazón saltaba de alegría. Nunca he tenido problema con la quietud, pues es donde mi espíritu encuentra su plenitud. Sé que muchas personas temen a la palabra celda, pero saberme en el abrazo de la paz y la convivencia íntima con Dios, no me da temor. Si la celda significara estar presa ene l amor de Dios, qué importaría si él me ama y yo a él.
Si les hago este post, es porque pretendo cambiar mi forma de vestir y de ser, ya que siento que de ser una mujer que se dedicaba a las cosas de Dios, pese a tener tropezones en la vida siendo una niña (como mentirle a mis papás para no ser castigada, etc. ). Sé que mucho no creerán en mi cambio o se mofarán, pero si antes no me importaba la opinión de los demás cuando me vestí de negro y cambié mi aspecto a más radical, menos ahora ya que solo deseo agradar a Dios.
Retomando mi relato, les puedo anexar que, a lo largo de mi existencia, un coro de voces disonantes resonó a mi alrededor, asegurando la ausencia de vocación religiosa en mi ser y con tanto en mi mente, hice caso omiso al llamado de Dios. No puedo decir que no me arrepiento, puesto que, ahora, entiendo ese vacío que siempre he sentido. Sé que en el ámbito más profundo de mi alma, una llama interior ardía con constancia, un anhelo silencioso que pugnaba por manifestarse, la cual ignoré para dejar de ser rara y dar gusto. Sé que mi mamita linda no se expresaba con malicia. No obstante, sus comentarios lograron sofocar, momentáneamente, la fuerza de mi aspiración. Así, la posibilidad de abrazar la vida monacal fue relegada a un segundo plano, eclipsada por la mundanidad.
Llevo año y medio cambiando gradualmente, empero, ayer, al contemplar las imágenes del rito de toma de hábitos de una monja Agustina, una catarata de lágrimas irrumpió, revelando un vacío desgarrador en mi corazón. La amarga verdad se impuso: había fallado a Dios, había cedido ante las tentaciones terrenales, dejando que la efímera fascinación por lo mundano – incluso la expresión de una rebeldía juvenil como la afición al metal y rock – me desviara del camino trazado por mi fe. He intentado, hipócritamente, mantener una apariencia de neutralidad, pero la verdad, como un río subterráneo, ha seguido su curso mi amor a Dios.
Mi búsqueda incesante de plenitud, reflejada en una multiplicidad de estudios inconclusos y otro cúmulo que si terminé, ha sido un intento vano de llenar ese vacío existencial. Ayer, comprendí la raíz de mi insatisfacción: la negación de mi vocación monacal. Ahora, debo aceptar que mi servicio a Dios se manifestará de una forma diferente, en el ámbito laico. Por eso, he escrito para llevar almas a Dios y muchos creen que son enfocadas al satanismo, pero no, y me da igual si mis novelas se hacen famosas o no, pues es mi forma de servir a Dios a través de historias que la gente lea y por su propia decisión vayan a él o no, pues no creo que forzar la fe sea algo bueno.
No voy a mentir, el dolor y el vacío persisten, pero no puedo desear que la realidad fuera otra; hacerlo significaría traicionar el amor incondicional que siento por mis hijos y mi familia. Lamento profundamente no haber tenido la fortaleza para luchar por mi vocación en el momento oportuno. Sin embargo, la lucha continúa, ahora desde una perspectiva distinta.
A quienes, con una terquedad inamovible, niegan la autenticidad de mi anhelo, les digo: que presenten pruebas de su presencia en cada instante de mi vida, pues ni mis propios padres pueden dar fe de la totalidad de mi recorrido espiritual. Las innumerables fotografías y videos que atesoro, junto con el testimonio de mi conciencia, son la evidencia irrefutable de mi devoción. Solo Dios y yo conocemos la verdad.
Es decir, no busco la aprobación de los espíritus vacíos ni la aceptación de quienes desprecian la fe y la vida religiosa. Mi único objetivo es la reconciliación con Dios y si me dicen fanática religiosa, es simple, obvio que soy fan de mi religión, sería muy obtusa me dijera ser parte de una religión que repelo. Todos son fanáticos con algo que aman; la diferencia es que no pretendo llevar a nadie que no lo deseé a mi religión. Además de que amo a Dios y también soy mega fan de él. Ni modo, quienes odian la religión tienen la misma libertad de credo que yo, y haré uso de él. No necesitan compartir mi fe para ser respetuosos, pues eso se lo enseñan sus padres.
Los valores no están peleados con la razón y el respeto. Mi búsqueda incesante de plenitud, reflejada en una multiplicidad de estudios inconclusos y otro cúmulo que si terminé, ha sido un intento vano de llenar ese vacío existencial.
Deseo agregar que fue ayer que comprendí la raíz de mi insatisfacción: la negación de mi vocación monacal. Ahora, debo aceptar que mi servicio a Dios se manifestará de una forma diferente, en el ámbito laico. Por eso, he escrito novelas y canciones, porque es una manera de llevar almas a Dios. Sé que muchos flojos que por no leer o juzgar todo por la portada, creen que son enfocadas al satanismo... pero no es así. Por eso me da igual si mis novelas se hacen famosas o no, pues es mi forma de servir a Dios a través de historias que la gente lea y que, por su propia decisión, vayan a él o no; pues no creo que forzar la fe sea algo bueno.
Es evidente que mi forma de vestir en años anteriores, seguirá vigente porque mis seguidores, e incluso mi trabajo lo mostrarán. Pero eso lejos de avergonzarme, me llena de orgullo, pues es la muestra fehaciente de que se puede cambiar si se desea.
No busco la aprobación de los espíritus vacíos ni la aceptación de quienes desprecian la fe y la vida religiosa, pues mi único objetivo es la reconciliación con Dios. Si me dicen fanática religiosa, es simple: obvio que soy fan de mi religión. Sería muy obtusa si siguiera una religión que no me gusta, ¿no creen? Además de que amo a Dios y también soy mega fan de él.
No me importa, la opinión de ateos o protestantes, pues tienen la misma libertad de credo que yo, y haré uso de esa libertad. Sé que muchos de los que me leen son muy inteligentes y reconocen que para ser mis seguidores, no necesitan compartir mi fe para ser respetuosos, pues eso se lo debieron enseñar sus padres.

Yo ya leí la historia de Gadielito y la neta es una historia bien pinchis preciosa. Amé tu forma de evocar ese sentimiento por la Navidad y su verdadero significado. El villancico esta bien chingon y me encanta cómo escribes, puedes crear historias de terror pero también navideñas eres buenaza.
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