sábado, 30 de noviembre de 2024

¿Cobrar por una entrevista? ¡Qué poca... humildad!

 

La dignidad laboral es algo loable, pero la falta de humildad y exigencias en pos de diva, es intrincado de aceptar. Es más, debería ignorarse a todo aquel artista (del cualquier campo en el que se desarrolle) para que no crea, que no vive de entrevistas, reseñas, etcétera; puesto que es lo que hace que un creador amplíe su público.

 

La reciente controversia suscitada por la negativa de una destacada escritora mexicana (del género de terror) a la que llamaremos Lolita Ayala, a participar en una entrevista sin remuneración económica, ha desatado un debate crucial en el ámbito literario. Lo expreso porque en una entrevista me cuestionaron al respecto y pidieron mi opinión. Una de las preguntas que resonó con fuerza fue la siguiente: ¿en dónde quedó el amor al arte?

 La indignación colectiva, comprensible en su esencia, parece obviar un aspecto fundamental: el trabajo creativo, incluso el impulsado por una pasión genuina, exige un reconocimiento justo y equitativo, pero sin recaer en la pedantería, máxime si no se trata de un Stephen King o Anne Rice.

Yo noto su falta de empatía con personas que desean entrevistarla y su poca humildad. Eso me hizo analizar sus textos y, siendo sincera, sus obras no se pueden comparar en absoluto con las de un Edgar Allan Poe, una gran Mary Shelley, ni mucho menos con Stephen King. Así que debería replantearse eso de cobrar por cada entrevista que le ofrecen, puesto que, para su talento, es realmente inapropiado. ¡No se puede correr antes de gatear!

Algunos dirán que inapropiado es comparar a Lolita Ayala con gigantes literarios porque ellos se desarrollaron en contextos socioeconómicos e históricos radicalmente distintos, pero eso no les resta su genialidad. Ya que no por eso ellos escribieron mal, al contrario, son más genios de lo que se les ha considerado.

La creatividad y la nuestra forma de crear mundos literarios es lo que nos da a los literatos el estatus de escritores, pero sin la aceptación del público y la visibilidad mediática no existe el factor que innegablemente lleva al éxito. Pues quien tiene maestría técnica no necesita recursos baratos, como exigir un cobro por una entrevista o pago en especie. Lo más terrible es que Lolita asevere que es urgente que se tiene de que dejar de malbaratar el trabajo de un escritor, sobre todo en cuestiones de entrevistas, pero acepta mezcal a cambio de una entrevista. ¿O sea que eso lo que valen sus obras? Al parecer, la hipocresía y la falta de congruencia son las enemigas de Lolita Ayala.


Quizás la escritora mexicana, al exigir una compensación justa por su tiempo y su trabajo, no está actuando desde un lugar de desamor al arte, sino desde una posición de defensa de su profesión y su dignidad como creadora.  Reclamar la remuneración por el trabajo intelectual no es sinónimo de mercantilización del arte; es, por el contrario, un acto de reivindicación de su valor intrínseco, pero eso debe surgir del mismo entrevistador, no parecer limosneros con garrote porque ya de por sí es difícil que un literato tenga la atención de la prensa como para que escritores mediocres se alcen el cuello y miren por encima del hombro a los posibles entrevistadores. 

Lolita Ayala es considerada una de las mejores escritoras del terror mexicano contemporáneo, ¿según quién? Lo digo porque no la veo triunfando internacionalmente (ojalá así sea pronto, lo deseo de corazón, aunque no sé qué tan pedante sería ya en ese grado de fama) y haciendo gira tras gira. Entonces, ¿es su parte narcisista la que la conduce? Hay que ser muy malagradecido para que se exija que quien te entreviste lea sobre ti y tus obras, no tienen por qué leer todo lo que haces, quizá solo documentarse un poco o dar una especie de charla con el escritor para que se le conozca y el mismo panelista lo haga. Considero que si tus obras no son algo que le guste leer al entrevistador, no se le puede obligar y tampoco lo hace menos profesional. Es como si un literato, al escribir sobre un personaje que es médico, deja de ser escritor solo porque no estudió medicina para poder crear al personaje.

 

Este incidente nos invita a una reflexión profunda sobre la relación entre los medios de comunicación, el público y los creadores.  Es necesario promover un ecosistema literario más justo y equitativo, donde el trabajo de los escritores sea reconocido y recompensado de manera adecuada si así lo desea la parte interesada en el literato, no ser partícipes de la pedantería de los artistas, solo porque ya sienten que lo que dicen de ellos los hace ser famosos. 

En contraposición, es imperativo que todos nos esforcemos por el triple al obtener galardones similares a los de Lolita, independientemente de su nivel de reputación o reconocimiento, puesto que si ya eres considerado el mejor, no debes soltar el hilo que sostiene esa idea ni estirarlo porque se podría reventar.  El amor al arte no debe ser sinónimo de explotación laboral.  La verdadera defensa del arte reside en la valoración justa del trabajo de quienes lo crean.


No somos mendigos, sino artífices de la palabra, tejedores de historias que, con la maestría suficiente, pueden sustentar su existencia. Nuestro arte, si es genuino y bien ejecutado, se convierte en el medio idóneo para proveer nuestras necesidades, demostrando así su valor intrínseco más allá de la mera gratificación estética.


En conclusión, la notoriedad, por sí sola, no confiere la inmortalidad literaria; la grandeza permanece ajena a las modas efímeras. Si la remuneración acompaña la entrevista, bienvenida sea; de lo contrario, la generosidad en compartir el conocimiento y la experiencia se erige como un faro para quienes inician su travesía en YouTube, o en cualquier otro ámbito que merezca la atención de los artistas.






viernes, 29 de noviembre de 2024

¿Editor o mago? La realidad de la publicación de un autor medroso y el autone en la literatura

 La industria editorial contemporánea presenta un panorama «fascinante», que a menudo parece más un paradójico espejismo para los verdaderos talentos, puesto que algunos son rechazados porque no escriben algo comercial, es decir, que sea vendible aunque sea mediocre. 

Es bien sabido que algunos escritores alcanzan la consagración, definidos por elevadas cifras de ventas, a pesar de la mediocridad percibida en sus obras. Otros, en cambio, conquistan el reconocimiento, aunque su triunfo se deba en gran medida a la pericia de su editor y a una estrategia de marketing eficaz. Existen casos más extremos en donde se fusionan los anteriormente mencionados. Sin embargo, en mi mente traviesa persiste una cuestión: ¿podrían estos literatos, «coronados», alcanzar el mismo nivel de éxito sin ese conglomerado de «ayudas» y la evidente intervención de un editor? La respuesta, sin duda, la veo distante, compleja y matizada, máxime porque esos autores se justifican diciendo: «La corrección editorial se erige como elemento indispensable para la óptima recepción del lector»

¡Ajá! Es obvio que un texto plagado de errores ortográficos, gramaticales o estilísticos, por más brillante que sea su idea central, corre el riesgo de ser relegado a la periferia del interés del público lector. Pero para ello, se debe apelar al ingenio e inteligencia del literato. ¿Quién mejor sabe lo que quiere transmitir? El creador de la obra es más apto para identificar puntos débiles del escrito, y el más indicado para seleccionar las soluciones, ya que, de lo contrario, estaría en manos del verdadero autor (el editor), o, para no exagerar, le diremos coautor.

Considero que todo radica en el famoso «ego del escritor», que se enaltece cuando su libro obtiene ventas excepcionales, olvidando la ayuda del editor, que es quien le ha acercado a alcanzar la grandeza. Si se quieren defender esos colegas con la frase: «pero es mi obra, mi idea». Siendo así, ¿por qué tener terror de publicar sus libros sin el correspondiente retoque textual por parte de un profesional y no hacerlo ellos mismos?  Me gustaría averiguarlo, puesto que muchos autores se mofan en videos de YouTube sobre los que desean ser escritores sin haberse preparado, ignorando a Shakespeare o a Truman Capote. Empero, también olvidan que no serían lo mismo sus obras sin un editor. Entonces, ¿qué es más importante: una licenciatura o talleres con enfoque a escritura creativa o el talento que se tiene para contar una buena historia?

Si la mayoría de los literatos dejaran la arrogancia de considerar que la genialidad de un escritor es una isla solitaria, lo reconocerían en cada venta, post y hasta en una firma de autógrafos, que le deben muchísimo al editor. Sí, reconozcamos la sinergia, la colaboración, la alianza que hay entre ambas mentes que han llevado de la mano a ese libro.

Si lo analizamos bien, un escritor que debe procesar su obra a través de un editor, es como aquel intérprete que no tiene tan buena voz y necesita a un profesional para que le arregle esos detalles. Les dejo un video con la muestra de una cantante que prueba un poco de lo que hablo. 




Solo que imaginen que, en lugar de la vocalista, es un literato, y que, en vez de un ingeniero de audio, tenemos al editor. ¿Verdad que ya ven de otra forma a ese autor? La verificación ortotipográfica y de estilo, es el autone para los literatos.

🙌Todo esto me hizo recordar una frase de Mariana Frenk-Westheim: 

«Quien no sabe perderse, jamás se encontrará».

Literatos, normalicemos publicar sin corrección profesional de estilo, ni ortográfica. Que se alcance la excelencia y el libro se convierta en best-seller, solo por ser escrito por el cúmulo de escritores con agallas para vender sus libros sin esas revisiones, solamente las básicas por parte del mismo autor. Ya que la verdadera maestría no reside nada más en la creatividad o una buena idea, sino también en la precisión, en la búsqueda incesante de la perfección pero al natural.

Imaginar que hay literatos valientes que lanzan sus obras al mundo sin la ayuda de un editor, que no engañan a los demás, como ese cantante que no alcanza las notas o que simplemente su voz suena bastante débil. Puesto que el editor es quien corrige las imperfecciones y deshecha lo malo del texto. En ocasiones, esas figuras literarias, ficticiamente perfectas, se caen del pedestal cuando visitamos sus redes sociales y su ortografía está de terror, más que una escena sacada de un libro de Stephen King. 

En la época actual, proliferan las faltas de ortografía y no hablo de aquellas que pueden ser ocasionadas por un autocorrector, porque eso puede pasarle a cualquiera. Me refiero a la genialidad natural de un autor, ese que no descuida su campo y permite que se llene de maleza, cuando la gramática también se podría desmoronar como castillo de naipes. En la cual, la prosa se torna ininteligible y hasta un laberinto de frases inconexas. Para mí, ese es un panorama desolador.

Un escritor debe ser como el escultor que trabaja con precisión milimétrica, que moldea su obra con paciencia y pasión, puliendo las asperezas de su narrativa, ajustando y armonizando el tono y la voz de sus personajes y hasta del narrador. Asegurando así, que el mensaje de su libro llegue al lector con fuerza y claridad, revelando la belleza latente en su interior más que en su portada. Porque solo así se alzará majestuosa.

Pagar la falsedad de una buena ortografía y de estilo, es lo que hace que los verdaderos escritores, esos que tienen ideas increíbles y que temen publicar porque no poseen una economía excelente para sufragar los costes que conllevan dichas correcciones profesionales, hacen que el mundo se pierda de verdaderas obras de arte. 

Es más, hasta podrían emplear un corrector online, para encontrar sus fallos. Eso sí, sin usar esa IA para crear o parafrasear, porque estamos apelando al verdadero talento. Puede el literato partir de esos errores que le arroje una aplicación o lo que empleé, pero ejerciendo su papel de intelectual de verdad, con la materia gris como bandera. ¿En dónde quedaron los escritores que se documentan o que usan sus diccionarios? Recuerdo a mi profesor de literatura que se ponía a estudiar su Larousse de sinónimos y antónimos, que cuando vi que teníamos el mismo, me dio gusto detectar que yo iba por buen camino. Menos aún, se trata de memorizar, si no de entender, indagar, documentarse e incluso generar tus propias interpretaciones sobre cada palabra para poder saber usarlas. Yo tuve la clase de etimologías grecolatinas y eso me fue de gran ayuda. Así que, antes de clasificar a una persona por su supuesta verbosidad o tacharlo de filático, recuerda que a ti te tuvieron que editar la obra, por el hecho de que no es perfecta, y tuviste miedo de que se dieran cuenta de que no eres tan grandioso, al nivel que alardeas al murmurar.

No tienes derecho a vituperar contra los valientes que exhibieron su auténtica excelencia sin pánico. Ni buscar opacar el destello de las mentes brillantes, con videos en los que dicen que un albañil no puede construir una casa (como lo expresó en su video una escritora mexicana de literatura juvenil) y a quien, en el área de comentarios, le refuté sus argumentos. Puesto que estuve en desacuerdo con manera de menospreciar y criticar de modo injusto a verdaderos escritores. Los genios auténticos no le temen a los autores de pacotilla, ni mucho menos necesitan su validación.

 Tampoco es que se vaya a tolerar la ofensa implícita en la escritura descuidada, esa que algunos abandonan a la arbitrariedad de las faltas ortográficas. Máxime, porque la palabra pulida, aunque no exenta de alguna imperfección, debido a que es intrincado ser perfecto, se destaca con la luz del esfuerzo. Así que, se valora la búsqueda, no la negligencia.


👉Por cierto, todos sabemos que un libro debe ser para instruirse y a la vez entretenerse, ¿por qué entonces han decidido hacer literatura mediocre, de esas que se ajustan a las modas?

Verbigracia: si algún literato me tachara de inventada por usar términos rimbombantes. La respuesta es simple: yo sí quise ampliar mi vocabulario, pese a que muchas veces utilizo palabras bastante coloquiales por el hecho de que no entienden lo que trato de expresar. Todo es resultado de la mala decisión de los seres humanos, al no querer tener un léxico más amplio y tachan a los que sí de pedantes o artificiales, cuando esos «críticos» son los que necesitan de su editor. Es obvio que el editor puede asesorarte si es ultra necesario legalmente según las cláusulas del contrato de una editorial, pero la pregunta es: ¿entonces les gustaba tu historia o no? Puesto que si le quieres echar sal a los alimentos, es a causa de que le acabas de dar entender al cocinero que su platillo no es tan delicioso. Algunos podrán decir que solo es, ya que deseaban darle un «plus» a la comida o en virtud de ser la mejora evidente. Siendo así, es posible captar que el chef ha sido un torpe a la hora de prepararla.

Así que no vayan a defenderse con espada de papel, diciendo que el editor es un mero buscador de errores ortográficos o gramaticales, ya que él pule el texto. Es decir, lo termina de esculpir hasta que nota que la obra ya puede brillar. ¿Ves cómo no es solo tu bebé? No seas una madre de esas que se les denomina, de forma coloquial, luchonas o, en su defecto, un padre luchón, que niega la cruz de su parroquia.

Sí, yo sé que el escritor puede verse atrapado en un arrebato creativo de tremendas dimensiones que se enmaraña más dentro de sus propias ideas. En donde la exuberancia de su estilo, no le permite percibir asperezas o imperfecciones que pueden empañar la claridad de su texto. Empero, quizás tenga un excelente ojo crítico, en pos de verdadero genio, que va a pulir su obra. Releer su escrito, imprimirlo y verificar de nuevo. Pero si ya de plano necesitas algo externo, busca quien lo lea (alguien de confianza), no necesariamente a un lector que sea profesional en el campo literario, puesto que tu libro irá a manos de lectores que se desenvuelven en diversas áreas. Lo de dar a leer tu texto, es mejor hacerlo cuando ya tienes todo corregido por ti mismo y solo quieres ver si lo entienden bien.

Confía en tu sabiduría, en esa genialidad que alardeas en cada presentación de tu libro, en la que saludas con sombrero ajeno. Otra cosa sería si, como dije anteriormente, llevaras a tu editor y lo presentaras en calidad de «el humano que también puso la semillita para ese bebé literario». Si no, solo fíate en que puedes alcanzar la cúspide de la excelencia por ti mismo y deja de lado a los editores. Ya que un escritor debe ser un as para tejer narrativas cautivadoras, destacando su mano experta, esa que moldea la arcilla con su torneta (la pluma).

Es posible que esta entrada vaya a ser juzgada sin piedad por los que han detectado que han sido descritos sin querer. Empero, no necesito elogios de quienes, disfrazados de intelectuales, humillan a los genios auténticos con sus ignominiosos intentos de genialidad a través de un amasijo de palabras huecas disfrazadas de profundidad. Cuando es evidente el claro descuido de la técnica e intelecto real. ¡No sean insolentes, ni arrogantes! Es increíble cómo se declaran en contra de la IA, pero…  El editor ejecuta todo como una inteligencia artificial para los escritores, ya que optimiza la estructura del texto, su estilo y precisión. ¡Abandonen la hipocresía! Nadie tiene una gramática u/y ortografía perfecta, porque hasta el mejor cocinero quema la sopa, puesto que ni el escribano más habilidoso deja de errar una letra. Lo que no es opcional es mantenerse cometiendo errores, bien dice una magnífica frase: 

«Errare humanum est, perseverare autem diabolicum».

No obstante, si al igual que yo, prefieren la verdad sin adornos en cuanto a la falsa sabiduría de quienes, con aires de erudición, engañan a sus lectores mostrándose como sabios, siendo simples sabidillos; entonces esta entrada es para ustedes. Pero si su pedantería es más excelsa que sus conocimientos, y desean apelar, aguardaré por sus libros sin edición que haya recibido la asistencia de un corrector profesional. 

Estén conscientes de que, con esto, no me estoy autodenominando erudita, ni mucho menos como la escritora más destacada, sino más bien, como la osada literata que expresa sus ideas sin filtros y una tanto radical, pero no farisaica.








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